Friday, 24th November 2017
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Yo sobrevivi al gimnasio

Yo sobrevivi al gimnasio

Betacaroteno, triglicéridos, isotónico... son palabras que tendrían que ser solo familiares para los químicos orgánicos, pero acabo de cumplir treinta y cinco años. Dios mío, estoy más cerca de los cuarenta que de los treinta. ¡Si me siento joven!

Paso 1: Aceptación.
Las básculas de las farmacias no tienen nada contra ti. Son máquinas desalmadas que imprimen un ticket minúsculo con su veredicto. En mi caso: “Sobrepeso” (Autómata sin corazón).

Al parecer el espejo de mi cuarto de baño compartía opinión con la dichosa maquinita, incluso mi pareja parecía demasiado vacilante al decirme aquello de que estás muy bien. Está claro, no lo estaba y hay que tomar medidas.

Paso 2: Decisiones
Voy a tener que comer menos, pero sin pasar hambre, que lo he leído en las redes sociales. Tras una rápida búsqueda en Google descubro la primera de una larga lista de palabras: Carbohidratos. Al parecer son como el anticristo de la comida, cuanto más lejos mejor. Sus lugartenientes en el malvado ejército nutricional son las grasas y los azúcares. Llegué a la siguiente conclusión:

“Si está bueno, no lo pruebes”. Tras unas semanas de martirio culinario, en la que los únicos que se salvaban de la quema eran los vegetales, los pollos y los pavos (animalitos), llegó a mis oídos que no se puede hacer dieta sin hacer ejercicio. Dicho y hecho, busqué a esos amigos sanos y naturales que todos tenemos y me apunté con ellos a su gimnasio.

Lo más parecido a un chándal que había en mi armario era un pijama de cuadros, así que una tarde de compras resultó en un par de pantalones sueltos, zapatillas con suelas deportivas (por si me decidía por el atletismo profesional) y varias camisetas que jamás habría soñado comprar un año antes.

¡Ya estoy listo!

 


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Paso 3: La tort... El gimnasio.
La primera vez que entras en un gimnasio resulta desconcertante, y no lo digo solo por el aroma a esfuerzo, sino por la variedad de aparatos y diseños, algunos de ellos claramente pensados para una raza diferente a la humana con incomprensibles objetivos.

Me alejé de ellos con paso decidido hacia el que me resultó más familiar, la cinta de correr. Esa sí que la había visto en alguna serie de televisión y me pareció inofensiva.

El botón rojo de emergencia pita, pita muy fuerte. Lo descubrí a los cinco minutos de estar corriendo en el modo “colina suave”. No sé en qué estaban pensando los programadores de aquel chisme, pero imagino que serían escaladores profesionales, no se puede sudar tanto en una colina suave. Era como si alguien me hubiese lanzado un cubo de agua caliente.

Con el pitido acudió un monitor que se preocupó seriamente por mi estado de salud. En cuanto pude hablar y ponerme en pie
de nuevo me dio varios consejos para un “entrenamiento ligero” que comenzaba con unas abdominales. Tres, en concreto, tres
fueron las que resistí antes de que me diera un tirón en el estómago, parece imposible, pero puedo jurar que es lo que sentí en aquel momento junto con una extraña indecisión entre vomitar o desmayarme. Por una pura cuestión de orgullo, y por no desmayarme sobre mi propio vómito, conseguí solo perder el sentido unos segundos y salir de allí con la poca dignidad que me quedaba. Una retirada táctica de manual.

Paso 4: Equilibrio
En un par de semanas intentando cuidarte se aprenden algunas cosas. He encontrado un dietista que me ha descubierto un
nuevo mundo de sabores, la cinta de correr puede ponerse en modo “planicie”, y hay un ritual previo a las abdominales llamado
calentamiento que te ayuda a evitar los tirones intestinales (lo he buscado y soy el primer caso documentado de esta dolencia).
Era solo cuestión de buscar un poco de equilibrio, al parecer voy a seguir teniendo treinta y cinco todo este año y a mi pareja no le importa mucho. La vida es una sucesión de experiencias, mejor si sobrevivimos a todas.



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